Es tu cuerpo desnudo
el que enciende el fuego de mi hoguera.
Entregas tu sal, que es la que da
el sabor a nuestro encuentro vehemente;
momento fantástico que vuelve
el mañana en presente, la noche en día,
y el día en el aliento que mi ser requiere para volar.
Es tú lisonja el placer eterno
que mi sueño necesita;
tu acariciar, el verbo perfecto
que se conjuga en mi pecho
y resulta el estruendo divino,
cuando te siento mía, y tú…
y tú me sientes tuyo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario